La tercera noche llamó Ricardo.
—Mateo dijo que te fuiste. ¿Con quién estás?
—Con Karla.
—¿De verdad?
Lucía soltó una carcajada.
—¿Ahora te preocupa con quién viajo?
—Tenemos diecisiete años de historia.
—Teníamos un matrimonio.
—¿Ya sales con alguien?
Lucía miró el lago oscuro.
—Aunque así fuera, no tendría que explicártelo.
—Soy el padre de tu hijo.
—Entonces pregúntame por tu hijo.
Ricardo se quedó callado.
—Voy a visitarlo el domingo.
—Perfecto. Eso sí es asunto tuyo.
Ese domingo llevó a Mateo a comer y le pidió perdón por haberlo metido en el conflicto.
—Dijo que ya no me hará escoger —contó Mateo después.
—Ojalá cumpla.
Poco a poco, la vida dejó de girar alrededor del divorcio. Lucía recibió un ascenso. Mateo volvió entusiasmado con el inglés y empezó a hablar de estudiar ingeniería. Ricardo se acostumbró a pagar renta, crédito, pensión alimenticia y sus propios gastos.
Meses más tarde intentó acercarse.
—La gente comete errores.
Lucía negó con la cabeza.
—Un error es tomar una salida equivocada en el Periférico. Tú mentiste casi dos años, vaciaste nuestros ahorros, inventaste viajes, pagaste una hipoteca, pediste un crédito y luego quisiste que yo pagara la mitad. Eso no fue un error. Fueron decisiones.
Ricardo no volvió a pedirle regresar.
Una mañana de otoño, Mateo buscaba un paraguas.
—Mamá, ¿dónde está el chiquito que teníamos?
Lucía abrió el clóset y encontró al fondo una funda vieja y vacía.
Era la del paraguas que había regalado aquella tarde de lluvia.
Por un instante recordó a la mujer con el bebé.
“Revisa el bolsillo interior de su portafolio.”
Nunca volvió a verla. Nunca supo exactamente qué había visto ni por qué decidió advertirle.
Mateo levantó la funda.
—¿La tiro?
Lucía sonrió.
—Sí. Ya no sirve.
El muchacho la echó a la basura.
—Entonces compramos otro.
—Compramos otro.
Más tarde Mateo se fue con su padre y Lucía caminó hacia un café para encontrarse con Karla.
Aquel paraguas había costado unos cuantos cientos de pesos.
Lucía lo regaló sin pensar.
A cambio recibió una verdad dolorosa, incómoda y carísima.
Pero al final entendió que la verdad no le había destruido la vida.
Le había devuelto la única vida que llevaba años dejando para después.