Me quedé mirándola.
—¿Dónde has estado?
Mariana bajó la cabeza.
—Dos semanas en un albergue y algunas noches cerca de la Central Nueva. Una trabajadora social llamada Teresa me ayudó. Cuando el lugar se llenaba… dormía donde podía.
Sentí una presión detrás de los ojos.
Mi hija.
La mujer a la que había comprado un departamento para que nunca dependiera de nadie.
Mendigando con mi nieto en brazos.
—¿Por qué no viniste conmigo?
—Diego decía que te vigilaban. Que si iba a buscarte, su mamá usaría sus conocidos para demostrar que yo estaba desequilibrada y pedirían la custodia de Emiliano.
Tomé su mano.
Estaba tan delgada que podía sentirle los huesos.
—Mírame.
Mariana levantó los ojos.
—No vuelvas a pedir dinero en una calle.
—Papá…
—Y no llores. Yo sé qué hacer con Diego y con su madre.
Aquella noche los llevé a un pequeño hotel de carretera propiedad de un viejo amigo, Ernesto. Pedí una habitación apartada y compré leche, pañales, ropa y comida.
Después cerré la puerta.
—Ahora vas a contarme todo.
Mariana tardó casi dos horas.
Me habló del control de Diego, de cómo revisaba cada gasto, de cómo su suegra, Leticia, entraba al departamento sin avisar y le decía que una mujer casada debía dejar de depender de su padre.
Después del parto, Diego le quitó el celular “para que descansara”.
Cuando Mariana quiso marcharse, le quitó la bolsa y le dijo:
—Puedes irte. Pero Emiliano se queda.
Mauricio estaba allí.
Leticia también.
—Si haces un escándalo —le advirtió su suegra—, conozco gente en el DIF, en la fiscalía y hasta en juzgados familiares. Nadie te va a creer.
Entonces alguien golpeó la puerta del hotel.
Tres veces.
Mariana se puso blanca.
Una voz masculina habló desde afuera.
—Don Roberto, abra. Vengo de parte de Diego Salazar. Queremos arreglar esto sin problemas.
Abrí apenas.
Era un hombre joven, corpulento, llamado Iván.
Sonrió.
—Diego está preocupado por su hijo. Si su esposa no regresa mañana, va a denunciarla por sustracción del menor.
Lo miré fijamente.
—Ahora tú vas a irte.
—Le conviene pensarlo.
—Y a ti te conviene que no vuelva a verte cerca de mi hija.
Cerré la puerta.
Una hora después recibí un mensaje de un número desconocido.