Era Iván.
“Trabajo para la familia Salazar desde hace tres años. Me deben 180 mil pesos y no quieren pagarme. Si quiere saber qué planean hacer con su hija, mañana a las nueve. Venga solo.”
Le mostré el mensaje a Mariana.
Ella palideció.
—Papá… Iván es la persona de mayor confianza de Diego.
Volví a leerlo.
Entonces comprendí algo mucho peor:
Si el hombre más leal de Diego estaba dispuesto a traicionarlo, significaba que lo que esa familia planeaba hacer con Mariana era todavía más grave de lo que imaginábamos.
Y todavía no sabíamos que, mientras nosotros hablábamos, Leticia ya había preparado una mentira capaz de hacer que medio Guadalajara odiara a mi hija.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
A las nueve de la mañana llegué solo al parque Metropolitano.
Iván estaba sentado en una banca, mirando hacia todos lados.
—Mañana Diego va a presentar una denuncia —dijo sin saludar—. Quiere acusar a Mariana de haberse llevado al niño sin autorización.
—Es su madre.
—Ya sé. Pero la señora Leticia tiene gente conocida en varias dependencias. Su idea es presentar a Mariana como una mujer emocionalmente inestable.
—¿Y la camioneta?
—La quieren vender.
—¿El departamento?
Iván soltó el aire.
—Mauricio movió los papeles. Ya lo usaron como garantía para conseguir un préstamo a nombre de una empresa.
Sentí un frío extraño pese al calor.
—¿Qué quieres?
—Que me ayude a cobrar lo que me deben. Legalmente. Yo le doy información y usted me consigue un abogado.
Acepté.
Aquella misma tarde llamé a Fernando Aguirre, un abogado que llevaba años ayudándome con asuntos de mis empresas, y a Raúl Mendoza, contador forense especializado en rastrear transferencias.
Llevé a Mariana y a Emiliano a la casa vacía de un primo en Zapopan.
Durante horas reconstruimos fechas, cantidades y documentos.
—Diego administraba mi cuenta —explicó Mariana—. Decía que con el bebé yo no debía preocuparme por dinero.
Raúl levantó la vista de la computadora.
—¿Cuánto tenías?
—Entre lo que papá me había dado y mis ahorros… casi un millón de pesos.
Fernando frunció el ceño.
—¿Autorizaste transferencias?
—No.
Raúl empezó a rastrearlas.
Dos horas después encontró algo.
Decenas de movimientos terminaban en una empresa llamada LSC Consultores.