Mi esposo prefirió llevar a su secretaria a la cena que podía salvar su empresa y me dejó sola bajo la lluvia. “No me esperes”, me escribió como tantas veces durante nuestros 3 años de matrimonio. Esta vez le hice caso. Pero cuando llegó el momento de brindar con el presidente, él no levantó la copa; miró a mi esposo y preguntó: “¿Dónde está mi única hija?”… y el verdadero origen de su éxito empezó a salir a la luz.

Durante tres años escuché que debía agradecer haberme casado con un hombre como él.

Lo que tampoco sabían era que Constructora Robles había crecido gracias a mí.

Los inversionistas que aparecieron cuando Mauricio estaba a punto de quebrar.

Los desarrolladores que comenzaron a contratarlo.

Las invitaciones a cámaras empresariales.

Los créditos preferenciales.

Todo había pasado por contactos de Grupo Salazar o por capital mío colocado discretamente.

Mauricio creía que finalmente el mundo había reconocido su talento.

—Papá —dije—, esta noche negocia con él como negociarías con cualquier empresario.

Mi padre entendió.

—¿Y tú?

Miré la reservación que tenía preparada desde hacía días.

—Me voy a Puerto Vallarta. Necesito ver a la tía Teresa.

Antes de abordar, recibí una fotografía de Renata.

Ella estaba sentada junto a Mauricio en la cena. Su mano descansaba sobre el respaldo de su silla.

Pero lo que me hizo detenerme no fue eso.

En sus orejas llevaba los pendientes de perlas que habían pertenecido a mi madre.

Los mismos que guardaba bajo llave en mi recámara.

Le envié la fotografía a mi padre.

Después escribí:

“Ahora sí puedes empezar.”

Apagué el teléfono y subí al avión mientras, a varios kilómetros de distancia, Mauricio levantaba una copa sin imaginar que el hombre al que estaba a punto de pedirle el contrato más importante de su vida era mi padre.

No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…

PARTE 2

Mauricio llegó a la mesa principal acompañado de Renata como si ya fueran una pareja.

Ella llevaba un vestido vino, mis pendientes de perlas y una sonrisa imposible de esconder.

—Licenciado Salazar —dijo Mauricio—, es un verdadero honor. Constructora Robles quiere agradecerle personalmente la invitación.

Mi padre no levantó su copa.

—¿Vino solo, señor Robles?

Mauricio sonrió.

—Con mi secretaria.

—¿Está casado?

La pregunta lo descolocó.

—Sí.

—Entonces, ¿dónde está su esposa?

Renata bajó la mirada.

Mauricio se aclaró la garganta.

—Se sintió mal. Prefirió quedarse en casa.

Mi padre dejó lentamente la taza de café sobre el plato.

—Qué curioso.

Alrededor de ellos, varios empresarios comenzaron a prestar atención.

—Hace menos de dos horas —continuó mi padre— una mujer estuvo quince minutos afuera de este hotel, bajo la lluvia, sin abrigo.

Mauricio palideció.

—No entiendo qué tiene que ver…

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