Luego yo regresando con una botella de agua, deteniéndome en seco y corriendo hacia ella.
La defensa insistió:
—Fueron menos de treinta minutos.
El juez respondió:
—Para una niña de cinco años, veintiocho minutos sola en un aeropuerto no son “solo” veintiocho minutos.
Después llegaron los demás elementos.
El juez dejó claro que una fotografía en un bar o gastar dinero en estética no convertía por sí mismo a nadie en mala madre. No se juzgaba a Fernanda por salir, por divorciarse ni por su vida privada.
Se examinaba un patrón concreto.
Conducir después de beber con la niña en el automóvil.
Dejarla sin supervisión.
Usarla para castigar a Mateo.
Incumplir repetidamente sus horarios escolares.
Y finalmente abandonarla en el aeropuerto para irse de vacaciones.
Entonces me tocó declarar.
La abogada de Fernanda preguntó:
—¿Es cierto que usted sufrió infertilidad?
—Sí.
—¿Y que siempre quiso tener hijos?
—Sí.
—¿No es posible que vea en Sofía la oportunidad de vivir la maternidad que no pudo tener?
Sentí a mis padres observándome.
Durante años me había avergonzado de aquella palabra.
Infértil.
Como si significara incompleta.
Respiré.
—Querer a mi sobrina no me convierte en su madre. Y no estoy pidiendo serlo. Su papá está aquí. Yo solo digo lo que vi: una niña sola preguntándome si su mamá se había ido porque ella era mala. Si yo callara para que mi familia no se enoje conmigo, entonces sí estaría poniendo mis sentimientos por encima de Sofía.
Fernanda apretó la mandíbula.
Cuando le tocó hablar, dijo que todo había sido “una broma familiar que se salió de proporción”.
El juez preguntó:
—¿La tía había aceptado hacerse responsable de la niña durante el viaje?
—No exactamente, pero es su hermana.
—¿Le informó antes de abordar que dejaría a la menor con ella?
—No.
—¿Esperó a comprobar que regresara?
Fernanda bajó la mirada.
—No.
Entonces apareció su mensaje:
“Siempre dices que habrías dado cualquier cosa por tener una hija. Pues ahí te dejé una. Aprovecha.”
Fernanda intentó sonreír.
—Era sarcasmo.
El juez la miró fijamente.
—Para usted. Para la niña, fue abandono.
Mi madre se levantó.
—¡Eso es exagerado! Nosotros sabíamos que Lucía iba a volver. Fernanda es una excelente madre. ¡Lucía siempre le ha tenido celos porque ella sí pudo tener una hija!