La mañana la sorprendió sola en una habitación enorme, con cortinas blancas que se movían suavemente por el aire frío del acondicionador. Durante unos segundos, Mariana no supo dónde estaba. Luego sintió el dolor en la cadera y en la espalda, y soltó un quejido al intentar levantarse de la cama.
Nada había sido como lo imaginó. No era el romanticismo lo que le dolía, sino los tacones. Aquellos tacones imposibles que Amir había insistido en que llevara toda la noche.
Una noche pretendiendo ser otra
Amir se había reído al verla tambalearse dentro del restaurante de lujo al que la había llevado a cenar.
—Mariana, tienes que aprender a caminar como una reina —le dijo sonriendo.
Y ella, mareada por la atención, había intentado parecer alguien distinta. Tras años usando únicamente zuecos de cocina y ropa deportiva barata del mercado, se encontraba encaramada en unas sandalias de marca que costaban la mitad de su salario. Toda la noche caminó por el hotel, sobre el mármol pulido, sonriendo y fingiendo sentirse cómoda. Por la mañana, apenas podía sentarse.
Comenzó a reírse sola. Una risa cansada, amarga y sincera. Entonces Amir salió del baño con una camisa blanca.
—¿Qué pasó?
—Me mataron tus zapatos de princesa —respondió ella.
Él la miró unos segundos y soltó una carcajada. Una risa verdadera, cálida, sin burla. Por primera vez desde que lo conocía, Mariana sintió que él también era humano, y no solo la imagen perfecta que intentaba proyectar
La otra cara de la riqueza
En los días siguientes, Mariana empezó a ver el lado oculto de la vida de Amir. Sí, tenía dinero. Muchísimo dinero. Pero vivía solo en una enorme mansión, hablaba más por teléfono que con personas, y casi nadie lo visitaba sin algún interés detrás.
Una tarde, mientras tomaban té en la terraza, él le preguntó sin rodeos:
—¿Por qué huiste de Rumanía?
Ella tardó en responder.
—Porque en casa ya nadie me veía.
Amir dejó la taza sobre la mesa.
—¿Y aquí sí te ves?
La pregunta la golpeó más fuerte de lo esperado. Pensó en la mujer que había dejado Buzău con una maleta y sueños tardíos. En aquella mujer que quería demostrar que todavía podía ser deseada. Pero la verdad era otra: no había huido buscando amor, sino la sensación de importarle a alguien.