—Alejandro, escucha…
—Llevan meses aquí abajo.
Su voz ya no era fuerte.
Era peor.
Era fría.
—Míralos.
Verónica volvió el rostro hacia sus padres.
Por primera vez pareció observar realmente lo que había hecho.
Su madre tenía las manos temblorosas. Su padre respiraba con dificultad. En una esquina había una cubeta utilizada como sanitario, algunas botellas de agua y platos de plástico.
—Yo no quería que terminara así —murmuró Verónica.
Don Joaquín respondió desde el colchón:
—Pero terminó así porque cada mañana elegiste volver a cerrar esa puerta.
Verónica comenzó a llorar.
—¡Yo también sufrí!
—Nadie dice que no —respondió Alejandro—. Pero sufrir no te daba derecho a convertir a nuestros padres en prisioneros.
Ella miró a su hermano con resentimiento.
—Es muy fácil hablar cuando tienes dinero.
—¿Cuánto debes?
—Eso no importa.
—¿Cuánto?
Verónica tardó unos segundos.
—Un millón ciento ochenta mil.
Alejandro abrió los ojos.
La boutique que había intentado abrir en Querétaro había terminado en deudas con proveedores, dos créditos personales y préstamos informales. Cuando perdió el negocio regresó al pueblo y descubrió que la propiedad familiar podía valer más de tres millones de pesos por el crecimiento turístico de la zona.
Había visto en aquella casa su salida.
Primero tomó el control de los treinta y cinco mil pesos que Alejandro depositaba cada mes.
Después utilizó el poder que sus padres habían firmado para hacer movimientos bancarios.
En ocho meses había retirado casi doscientos cuarenta mil pesos.
Cuando aquello dejó de ser suficiente, comenzó a preparar la venta.
—¿Y la firma de mi papá?
Verónica bajó la mirada.
—La copié.
Doña Teresa empezó a llorar.
—¿Cómo pudiste, hija?
Verónica apretó los labios.
—Yo solo necesitaba empezar otra vez.
—¿A costa de dejarnos morir aquí? —preguntó su madre.
Aquella pregunta la derrumbó.
Verónica se sentó en un escalón y cubrió su rostro con las manos.
Alejandro no sintió satisfacción.
Era su hermana.
La misma niña que alguna vez le guardaba tortillas calientes cuando él regresaba de la parcela.
Pero frente a él también estaba la mujer que había encerrado a sus padres.
Ambas cosas podían ser ciertas.
—Las llaves —repitió.
Esta vez Veró