Mateo explicó que Camila había empezado a revisar compras y proveedores. Primero lo enfrentó a él. Después descubrió que Rodrigo autorizaba facturas infladas y que Héctor controlaba las empresas utilizadas para desviar el dinero.
—Mi mamá también sabía —confesó.
Julián sintió un dolor diferente al de cualquier golpe.
—¿Patricia?
Mateo asintió.
—Camila amenazó con llamarte.
Días después ocurrió el atropellamiento.
—¿Cuándo supiste que seguía viva?
—Dos semanas después del funeral. Escuché a mis papás hablando. Mi mamá dijo: “Mientras siga respirando, seguimos teniendo un problema”.
Julián avanzó un paso.
Mateo retrocedió.
—¿Y no dijiste nada?
—Tuve miedo.
—No tuviste miedo cuando robabas.
—Tío…
—Tuviste miedo cuando entendiste que también podías ir a la cárcel.
Mateo no pudo mirarlo.
Sacó una memoria USB.
—Aquí hay mensajes, facturas, transferencias. Guardé copias porque pensé que algún día papá podía echarme toda la culpa.
—Otra vez pensaste en ti.
Mateo cerró los ojos.
—Ayer escuché a papá decirle a Rodrigo: “Cuando Julián se vaya, terminamos el último pendiente”.
—¿Camila?
—No dijo su nombre. Pero habló de la clínica y del director médico que saldrá de vacaciones.
Julián tomó la memoria.
—Ve con Lucía. No regreses a tu casa. Y cuéntale a la Fiscalía exactamente lo que acabas de decirme.
Aquella noche fue a cenar a casa de Patricia por última vez.
Su hermana preparó mole como cuando eran jóvenes.
Héctor abrió una botella cara.
Rodrigo estaba sorprendentemente relajado.
Parecían una familia normal.
Eso era lo más repugnante.
En algún punto de la cena, Julián dejó el tenedor.
—Patricia, ¿recuerdas la noche del accidente de Camila?
La sonrisa de ella desapareció.
—¿Otra vez?
—Solo quiero recordar.
—Te conté todo.
—Cuéntamelo de nuevo.
Héctor intervino.
—Julián, ya déjalo.
—Le pregunté a mi hermana.
Patricia respiró hondo.
—Héctor me avisó. Fuimos al hospital. Los médicos dijeron que no había nada que hacer.
—¿Murió frente a ti?
La mujer tardó un segundo de más.
—Sí.
—¿Estás segura?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Una sencilla.
Patricia empujó el plato.
—No puedo creer que me estés haciendo revivir esto.
Comenzó a llorar.
Durante toda su vida, aquellas lágrimas habrían bastado para que Julián se levantara a abrazarla.