Esa noche permaneció sentado.
Héctor golpeó la mesa.
—Estás enfermo de dolor.
Julián lo miró.
—Puede ser.
—Regresa a España.
—Eso haré.
Patricia lo acompañó a la puerta.
Antes de que saliera, lo abrazó.
—Perdóname por no haber podido salvar a Camila.
Julián cerró los ojos.
Su propia hermana había fingido llorar ante él durante ocho meses.
—Yo tampoco me perdonaría algo así —respondió.
Cuando subió al coche recibió un mensaje de Lucía.
“No vayas a casa. La clínica se movió.”
El director médico había descubierto una nueva orden de sedación extraordinaria ingresada por Santillán.
No la había autorizado.
La enfermera Sofía también había reportado haber visto nuevamente a Héctor.
A las diez y cuarenta de la noche, el doctor Santillán apareció en el pasillo de la habitación 18.
—Sofía, yo atenderé a la paciente. Puede retirarse.
—Mi turno termina a medianoche.
—Entonces vaya al tercer piso.
La enfermera no se movió.
—Quiero ver la nueva indicación.
Santillán endureció el rostro.
—No tengo que explicarle mis decisiones.
—El director canceló su orden.
En ese momento, Héctor apareció al fondo del pasillo.
Sofía sintió frío.
Santillán se acercó a ella.
—Apártese.
La enfermera abrió la puerta de la habitación y se colocó enfrente.
—No entrará sin otro médico presente.
Héctor perdió la paciencia.
—Raúl, ¿para esto te estamos pagando?
Sofía lo miró.
Aquella frase confirmó todo lo que temía.
Santillán intentó avanzar.
Entonces se abrió la puerta de emergencia.
Entró primero el director de la clínica.
Detrás de él aparecieron agentes de investigación.
Héctor dio media vuelta.
No llegó al elevador.
—Héctor Salgado —gritó uno de los agentes—. No se mueva.
Santillán quiso guardar algo en el bolsillo de la bata.
También fue detenido.
Media hora después, Julián recibió autorización para entrar.
Cuando llegó a la habitación 18, se quedó inmóvil.
Ninguna fotografía podía haberlo preparado.
Camila estaba extremadamente delgada. Tenía el rostro pálido y varios aparatos monitoreaban sus signos.
Se acercó lentamente.
—Cami…
No pudo continuar.
Tomó la mano de su hija.
—Soy papá.
Nada.
Julián inclinó la cabeza.
—Perdóname por tardar tanto.
Los dedos de Camila se movieron.