PARTE 2: LA CONFRONTACIÓN EN EL SUPERMERCADO

Leo me miraba en silencio desde su silla de seguridad, sintiendo la tensión en el aire.

—Mamá, ¿estás enojada? —preguntó despacio.

—No, mi amor… mamá solo necesita llegar a casa —dije, tratando de tragarme el nudo en la garganta.

Manejé los veinte minutos de regreso a casa en un trance absoluto. Diez años de matrimonio con Marcos. Diez años construyendo una vida, una casa, una familia. Marcos siempre había sido el esposo perfecto: atento, cariñoso, un padre ejemplar. Pero trabajaba muchas horas como diseñador freelance desde nuestro estudio en la planta alta… el mismo estudio que estaba pegado a nuestra habitación principal.

Cuando me estacioné en la entrada, vi el coche de Marcos. La casa estaba en silencio.

Entré sin hacer ruido. Le dije a Leo que se quedara en la sala viendo dibujos animados y subí las escaleras paso a paso, con el corazón en la garganta.

La puerta de nuestra habitación estaba entreabierta.

Al asomarme, vi a Marcos sentado en el borde de la cama, de espaldas a mí, mirando fijamente la pantalla de su teléfono. Tenía la cabeza entre las manos, como si estuviera cargando un peso enorme.

Empujé la puerta por completo. El chasquido de la madera lo hizo dar un brinco.

—¿Amor? Llegaron temprano… —empezó a decir, pero se detuvo al ver mi cara.

—Acabo de encontrarme a Mariana en el supermercado —solté directamente.

El teléfono de Marcos casi se le cae de las manos. Su rostro perdió todo el color en un segundo.

—¿Mariana? —tartamudeó—. ¿Qué… qué te dijo?

—Lo suficiente para saber que ha estado viniendo a esta casa a mis espaldas —dije, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia por fin empezaban a caer por mis mejillas—. Leo la reconoció. Dijo que juega en nuestra habitación cuando estoy trabajando. ¡Dímelo a la cara, Marcos! ¿Cuánto tiempo llevas metiendo a otra mujer en nuestra cama?

Marcos se puso de pie de golpe, abriendo los ojos de par en par con una mezcla de horror y desesperación.

—¡No! ¡No, por Dios, Elena, no es lo que estás pensando! ¡Jamás te engañaría! —gritó, corriendo hacia mí con las manos levantadas.

—¡No te me acerques! —le advertí, dando un paso atrás—. ¡Ella se puso nerviosa en el súper! ¡Me dijo que hablara contigo! ¿Si no es un engaño, qué demonios hacía una mujer desconocida en nuestra habitación?

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