Renata Cárdenas, la influencer con la que Mauricio me engañaba, entró grabando con su celular.
—Amigos, hoy venimos a visitar a alguien que está pasando por una etapa difícil —dijo con voz dulce—. Mauricio es un santo por seguir ayudando a su ex, aunque ya no sea su responsabilidad.
Luego acercó la cámara a mi cara hinchada.
—No me grabes.
Renata sonrió.
—Ay, está sensible por los medicamentos.
Cuando creyó que nadie miraba, se inclinó hacia mí.
—La recámara principal ya se ve mucho mejor con mis cosas.
Mauricio la abrazó delante de mi cama.
No les dije que, horas antes del accidente, yo había firmado documentos que podían cambiarlo todo.
Ni siquiera tuve oportunidad.
Esa tarde el hospital informó que Mauricio me había retirado de su póliza. Me sacaron en silla de ruedas hasta la entrada con mi cartera y mis llaves.
Llovía.
Mauricio pasó frente a mí en su camioneta, con Renata en el asiento del copiloto. Me vio. No frenó. Las llantas atravesaron un charco y me bañaron de agua sucia.
Yo no lloré.
Metí la mano en mi bolsa, encontré una vieja tarjeta con un número escrito a mano y comprendí que Mauricio acababa de cometer el error más caro de su vida.
Lo que ocurrió después fue algo que ni él, ni Renata, ni yo misma habríamos podido creer.
PARTE 2
El número pertenecía al despacho de Gabriel Salcedo, abogado de Ernesto Montemayor, un anciano de ochenta y un años al que yo había atendido durante cinco años en el archivo de una casa de antigüedades de la colonia Juárez.
Ernesto era difícil, sarcástico y desconfiado. Sus hijos casi nunca lo visitaban. Yo sí. Le llevaba té de hierbabuena, catalogaba sus documentos y escuchaba historias que ya había contado diez veces.
Siempre creí que era un profesor jubilado con demasiado carácter y demasiados libros.
Me equivoqué.
Cuarenta minutos después de mi llamada llegó un vehículo negro con chofer. Gabriel Salcedo venía dentro.
—Señora Ríos, llevamos dos días buscándola.
Abrió una carpeta y me enseñó el testamento.
Ernesto Montemayor había muerto dos días antes de mi accidente. Había sido fundador discreto de Grupo Montemayor, un conglomerado con hoteles, desarrollos inmobiliarios, una financiera y varias marcas de joyería y moda.