Pero nadie me preguntaba si dormía por las noches.
Y yo no dormía.
Me acostaba en la cama, colocaba una mano sobre mi vientre y escuchaba los movimientos dentro de mí.
Primero sentía una pequeña patada de un lado, luego del otro, y después parecía que todo mi vientre cobraba vida al mismo tiempo.
Mi cuerpo se volvía más pesado cada día.
A veces apenas podía respirar.
A veces sentía que ya no podía soportarlo.
Pero cada vez que quería llorar, sentía un pequeño movimiento desde dentro.
Como si uno de los bebés me dijera:
—Mamá, todavía estamos aquí.
No les puse nombres.
Tenía miedo.
No quería encariñarme tanto que, si perdía a alguno de ellos, mi corazón no pudiera soportarlo.
Pero el corazón de una madre no pide permiso.
Ama incluso cuando tiene miedo de amar.
Una noche me desperté con dolor.
Al principio pensé que pasaría.
Pero el dolor regresó.
Más fuerte.
Más profundo.
Era un dolor que tensaba todo mi cuerpo.
Mi esposo se levantó de inmediato.
—¿Ha comenzado? —preguntó.
No pude responder.
Solo apreté su mano.
En el hospital, todo ocurrió muy rápido.
Las puertas se abrían, los pasos resonaban por los pasillos y los médicos entraban y salían.
Vi sus rostros.
Intentaban parecer tranquilos, pero sus ojos no podían ocultar la tensión.
Me llevaron a la sala de partos.
Las luces eran muy intensas.
Todo era blanco, frío y desconocido.
Estaba allí acostada y, por primera vez, pensé:
Tal vez este sea el momento más peligroso de mi vida.
No me avergüenza admitirlo.
Sí, tenía miedo de morir.
Pero tenía aún más miedo de que mis hijos no sobrevivieran.
Uno de los médicos dijo en voz alta:
—Prepárense. Esperamos siete bebés.
Siete.
Todos esperaban siete.
Yo también.
Entonces se escuchó el primer llanto.
Era tan débil y suave que, al principio, pensé que estaba soñando.
Pero la enfermera dijo:
—El primero está vivo.
Me puse a llorar.
Luego nació el segundo.
El tercero.
El cuarto.
Ya no podía verlos.
Solo podía escuchar los sonidos.
Cada llanto representaba para mí una vida entera.
Cada llanto decía:
Ha llegado.