Su pequeña bolsa de ropa tampoco estaba.
—¡Mamá!
Recorrimos la casa.
Nada.
Llamé a Mariana, a doña Lupita, a vecinos.
Hasta Miguel salió en motocicleta bajo la lluvia.
Después de casi dos horas la encontré bajo el techo de nuestra antigua casa.
Estaba empapada, abrazada a una bolsa de plástico con dos cambios de ropa.
—Mamá, ¿qué estás haciendo aquí?
Me miró con unos ojos que nunca olvidaré.
—Si yo me voy, ustedes ya no tienen por qué pelear. La casa se la pueden quedar, vender, partir… hagan lo que quieran.
Me arrodillé frente a ella y la abracé.
—No, mamá. Perdóname. Nosotros estamos peleando por una casa y no vimos que la única persona que se había quedado sin hogar eras tú.
Lloré como no lo había hecho desde que murió mi padre.
A la mañana siguiente llevé a mamá a casa de Mariana.
Su vivienda era modesta, pero tenía una habitación limpia con una ventana hacia unas bugambilias.
Mamá durmió aquella noche sin escuchar una lavadora detrás de la pared.
Y yo tomé una decisión definitiva.
Ya no vendería aquella casa por coraje.
La vendería porque había dejado de ser un hogar.
Miguel intentó una última jugada.
Días después fue a casa de Mariana, se arrodilló frente a mamá y pidió perdón.
—Regresa conmigo. Te juro que vamos a cambiar.
Ella cedió.
Yo acepté darle una oportunidad.
Pero al día siguiente apareció otro comprador.
Miguel sentó a mamá en la sala, le acomodó un cojín, empezó a servirle fruta y dijo:
—Como puede ver, aquí vive mi madre y todos estamos de acuerdo en conservar la casa. Si usted compra, puede meterse en un problema familiar.
Mariana lo enfrentó.
—Miguel, ¿viniste a buscar a tu madre porque la extrañabas o porque necesitabas tenerla sentada aquí para espantar compradores?
Mi madre escuchó todo.
Se levantó lentamente.
—No vuelvas a llamarle cariño a esto. Solo te acordaste de mí cuando sentiste que ibas a perder la casa.
Miguel quedó destruido.
Aquella misma semana Karla encontró cartas de cobranza escondidas entre su ropa y confirmó que parte de sus joyas estaba empeñada.
Hizo una maleta y regresó con sus padres.
Don Ernesto ni siquiera la dejó entrar con tranquilidad.
—Los problemas del matrimonio se arreglan en la casa. ¿Qué va a decir la gente si vuelves separada?