una sombra. La segunda, una semana antes de la boda, cuando su padre lo llevó a la casa. Elías se había quedado de pie en la sala, con la nieve derritiéndose en sus botas, y no dijo una sola palabra. Sacó una libreta del bolsillo, escribió algo con un lápiz corto y se la entregó a don Julián.
“De acuerdo. Sábado.”
Nada más.
Ni cortejo. Ni preguntas. Ni una sola muestra de ilusión.
La ceremonia durará menos de diez minutos. El padre Ignacio pronunció las palabras como quien cumple con una obligación incómoda. Clara repitió los votos con una voz que no sentía suya. Elías se limitó a asentir cuando era necesario. Cuando llegó el momento del beso, apenas rozó la mejilla de ella con los labios y se apartó enseguida.
No parecía feliz.
Tampoco parecían crueles.
Eso, por extraño que fuera, dejó a Clara aún más descolocada.
El viaje
al rancho tomó casi dos horas. Él condujo la carreta en silencio. Ella, a su lado, llevaba las manos entrelazadas sobre el regazo y miraba el paisaje blanco extenderse hasta donde alcanzaba la vista. Al llegar, encontró una casa de madera sólida, un corral, un granero, un pozo y, más allá, bosque y montaña. Ningún vecino. Ninguna luz cercana. Solo viento, nieve y un silencio inmenso.
Elías la ayudó a bajar y la condujo adentro. La casa era austera, pero limpia. Una mesa, dos sillas, una chimenea encendida, una cocina pequeña y una habitación al fondo. Él volvió a sacar la libreta y escribió:
“La recámara es tuya. Yo dormiré aquí.”
Clara lo miró, sorprendida.
—No hace falta.
Él escribió otra vez.
“Ya está decidido.”
Aquella noche, mientras deshacía su pequeña maleta en el cuarto, Clara lloró por primera vez desde que empezó todo. No hizo ruido. Solo dejó que