Y yo solo tenía 2 opciones.
Faltar y perder un día de sueldo que necesitaba para pagar la renta.
O llevar conmigo a Mía, de 3 años, y esconderla unas horas.
Elegí la segunda.
La instalé en un pequeño cuarto junto a la lavandería con dibujos, jugo y galletas.
—No salgas de aquí, princesa.
—¿Y después helado?
—Después helado.
Debí entender que ningún acuerdo firmado con helado es legalmente vinculante para una niña de 3 años.
A las 9:10 fui a buscarla.
El cuarto estaba vacío.
Sentí que la sangre se me iba a los pies.
Recorrí la cocina.
El patio.
Los baños.
Hasta que escuché su vocecita.
Venía del despacho.
Abrí la puerta apenas unos centímetros.
Mía estaba frente al enorme escritorio de Vicente.
Llevaba su vestido amarillo y sostenía un conejo de peluche bajo un brazo.
Vicente la observaba desde el otro lado.
Dos hombres de seguridad
estaban junto a la ventana.
Ramiro, su asistente personal, sostenía una tableta.
Nadie hablaba.
Yo estaba a punto de entrar para sacar a mi hija cuando Mía hizo algo que casi me mata del susto.
Frunció las cejas.
Apretó los labios.
Cruzó los brazos.
Y levantó ligeramente la barbilla.
Exactamente igual que Vicente.
Estaba imitándolo.
Uno de los guardaespaldas bajó la mirada.
Ramiro abrió los ojos.
Yo dejé de respirar.
Vicente era un hombre de 46 años al que nunca había escuchado gritar.
No lo necesitaba.
Cuando estaba molesto, simplemente se quedaba quieto.
Y esa quietud era peor.
Había empresarios que llegaban sonriendo a reunirse con él y salían 20 minutos después sin mirar a nadie.
Vicente contempló a Mía durante varios segundos.
Luego miró hacia la puerta.
Me vio.
—Sofía.
Entré inmediatamente.
—Señor Castañeda, perdón. La niñera canceló y yo…
Señaló a Mía.
—¿Es tuya?
—Sí.
Esperé mi despido.