Vi cómo se le tensaban los hombros una fracción de segundo. Después siguió caminando con la vista al frente. Estrechó la mano del director, recibió su diploma y se quedó un instante ahí, de pie, con ese vestido azul, frente a casi seiscientas personas.
Al bajar, no volvió con sus compañeros ni posó para los fotógrafos. Subió por el pasillo central directo hacia mí. Los susurros lo siguieron todo el camino. Se detuvo frente a mi asiento con los ojos brillantes.
—Esto es para ti, mamá. Y para los dos.