Una culpa que no dejaba dormir
Ocho años atrás, Ana, la hermana menor de Samuel, tenía 21 años. Una noche llamó desesperada tras una discusión con su novio, pidiéndole ayuda. Samuel estaba en una fiesta, había bebido y no podía manejar, pero en lugar de admitirlo le dijo que tomara un taxi. Fueron sus últimas palabras hacia ella. Ana decidió caminar sola y un conductor a exceso de velocidad la atropelló pocas cuadras después. Murió antes de que llegara la ambulancia.
Durante años, Samuel se repitió que él no había manejado el auto, que no había causado el accidente, que no podía prever lo ocurrido. Todo era cierto, pero ninguna de esas verdades le devolvió la calma ni el sueño.
Una vecina que supo escuchar
Susana conocía la historia de Ana desde antes de enfermar. Una noche encontró a Samuel sentado solo en las escaleras de su casa, en el cumpleaños de su hermana, y se sentó a su lado sin hacer preguntas. Solo escuchó. Desde entonces, cada 14 de mayo, dejaba un pequeño ramo de flores en la puerta de Samuel, sin nota ni explicaciones.