“Tu familia está organizando una cena, ¿verdad?”, preguntó, acomodando una percha cerca de mí. “Creo que ya es hora de que hagas algo solo por ti”.
Las palabras se sintieron pesadas en aquella habitación silenciosa. Miré la etiqueta que colgaba de la manga: ciento cuarenta dólares.
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“El probador está justo por allí”, dijo, tomando suavemente la percha del perchero y poniendo la seda en mis manos.
Dentro del pequeño probador con cortina, el espejo estaba rodeado de cálidas bombillas amarillas. Me quité la chaqueta vaquera, desabotoné mi sencilla camisa de algodón y dejé que el vestido verde se deslizara sobre mi cabeza.
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La seda estaba fría contra mi piel, ajustándose a mi cintura antes de caer en suaves pliegues hasta mis rodillas. Por un segundo, no reconocí a la mujer del espejo; parecía más alta, con los hombros más rectos de lo que habían estado en años.
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Pasé las manos por mis muslos, sintiendo el peso de la tela.
“¿Te queda bien?”, preguntó la dependienta desde detrás de la cortina de terciopelo.
“Sí”, respondí, con una voz apenas más alta que un susurro.
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Me quité rápidamente el vestido, como si lo hubiera robado, y volví a ponerme mi propia ropa. Mi vieja camisa se sentía fina y rígida.
En el mostrador, saqué siete billetes de veinte dólares del sobre que llevaba en el bolso, el dinero que había ahorrado vendiendo mis mantas tejidas a mano en la feria de otoño.
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