agachada, con una mano sobre la boca.
Unos minutos después escuché una llave en la puerta principal.
Pasos.
Lentos.
Demasiado cuidadosos para ser los pasos normales de mi marido.
Subieron por la escalera y se detuvieron frente a la recámara.
A través de una diminuta ventilación vi una silueta entrar. Era Ricardo. Llevaba gorra, chamarra oscura y guantes. En una mano traía una linterna pequeña. En la otra, algo que hizo que se me secara la garganta: una jeringa.
También llevaba una hoja doblada.
Se acercó a la cama, tocó las sábanas y se quedó inmóvil al descubrir que estaban vacías.
—Laura… —susurró.
Nunca había escuchado mi nombre sonar así.
Mi celular vibró dentro de mi mano. Nicolás me había enviado capturas de un historial de búsquedas sincronizado con una cuenta familiar.
“Cómo hacer parecer accidental una muerte por medicamentos.”
“Seguro de vida y fallecimiento por accidente.”
“Síntomas de depresión
severa.”
Sentí náuseas.
Ricardo revisó el baño, abrió el vestidor y pasó la luz de la linterna sobre el clóset que me ocultaba. Durante cinco segundos, el haz se quedó detenido justo frente a mi cara, separado de mí por unos centímetros de madera.
Luego se fue.
Veinte minutos después regresó para comprobar si alguien se había movido.
No salí hasta el amanecer.
A las siete, Ricardo volvió por la puerta principal usando su traje gris, cargando una bolsa con mis conchas favoritas de una panadería de Mixcoac.
—Perdón por no llegar —dijo con una sonrisa—. Dormí cerca de la oficina. ¿Por qué se fue la luz aquí?
Lo miré como si no supiera nada.
—Se botaron los fusibles. Me asusté y me fui un rato con la vecina.
Se acercó a abrazarme.
Olía a perfume… y a desinfectante.
Tuve que obligarme a no apartarlo.
Mientras me servía café, Nicolás
volvió a escribirme.
“Mamá, encontré tres pólizas nuevas. Tú eres la asegurada. Papá es el beneficiario.”
Debajo venía una cifra que me hizo apretar la taza hasta sentir dolor en los dedos:
24 millones de pesos.
En ese instante entendí que mi esposo no había entrado de madrugada para asustarme.
Había entrado para matarme.
Y todavía no podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2