El multimillonario abrió su armario kara y encontró a la hija de una empleada… la niña llevaba tres horas esperándolo por una razónkara

Parte 2

Sebastian no era un hombre supersticioso.

Nunca lo había sido.

No creía en fantasmas.

No creía en señales.

Y definitivamente no creía que su madre muerta hubiera hablado con una niña de tres años dentro de un armario.

Por eso su primera reacción no fue miedo.

Fue irritación.

—Mia.

La niña lo miró.

—Sí?

—Mi madre murió hace siete años.

—Ya sé.

Aquello lo descolocó.

—Cómo lo sabes?

Mia señaló una fotografía en una cómoda.

—Mamá me dijo.

Sebastian miró inmediatamente a Natalie.

Ella palideció.

—Yo le he contado quién era la señora Cross.

—Por qué?

—Porque…

Se detuvo.

Eso era exactamente lo que Sebastian llevaba varios minutos notando.

Cada respuesta de Natalie terminaba antes de llegar al punto importante.

—Pon a Mia en la cama de invitados —dijo.

Natalie se tensó.

—Nos vamos.

—No.

Su rostro cambió.

Sebastian reconoció inmediatamente su error.

—No estoy diciendo que no

puedas irte.

Respiró.

No estaba acostumbrado a corregirse.

—Quiero decir que antes de que salgas de esta casa necesito entender por qué apareces en una fotografía de mi familia tomada casi treinta años antes de que empezaras a trabajar aquí.

Natalie sostuvo su mirada.

—Y después?

—Después tú decides si te vas.

Eso pareció tranquilizarla mínimamente.

—Mia se queda conmigo.

—Bien.

Los tres fueron a la pequeña sala privada junto al dormitorio.

Sebastian llevaba la fotografía.

La llave estaba sobre la mesa.

Mia pidió leche.

Sebastian miró hacia la puerta como si esperara que apareciera mágicamente.

Natalie casi sonrió.

—La cocina está abajo.

—Lo sé.

—No parece.

Aquello lo sorprendió.

Durante

ocho años Natalie nunca le había hablado así.

Tal vez porque durante ocho años él casi nunca había hablado con ella.

Presionó el intercomunicador.

Después lo soltó.

—No.

Se levantó.

—Voy yo.

Natalie lo miró como si acabara de

anunciar que cocinaría.

Sebastian volvió cinco minutos después con leche.

Mia tomó el vaso.

—Gracias, señor serio.

—Sebastian.

—Señor Sebastian.

—Eso empeoró.

La niña bebió.

Natalie tuvo que ocultar una sonrisa.

Fue entonces cuando Sebastian comprendió algo que lo incomodó.

Había visto a Natalie prácticamente todos los días durante años.

Sabía que organizaba la planta privada.

Que jamás faltaba sin aviso.

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