Durante veinte años pensé que mi marido me cortaba el pelo para controlarme. Cuando por fin descubrí la verdad, entendí que había dos historias verdaderas al mismo tiempo, y que ninguna de las dos justificaba a la otra.
Lo que había en el cajón
Al principio creí que eran fotos mías. Tomé la primera: una mujer joven de pelo largo y castaño, casi hasta la cintura. Por un segundo sentí que miraba una foto vieja de mí misma. Pero no era yo. Al dorso decía: «Adela, 1997».
Tomé otra. La misma mujer, esta vez en una habitación de hospital, sin pelo. Después otra: Adela sonriendo débilmente con un pañuelo en la cabeza. Debajo de las fotos había cartas, recibos y sobres de una organización que confeccionaba pelucas de pelo natural para mujeres y niños que lo habían perdido por tratamientos médicos. Se me apretó el estómago. Seguí buscando. En una
carpeta había veinte confirmaciones de donación, casi una por cada año de nuestro matrimonio. En muchas figuraba mi nombre: Marcela Ibáñez kara.
Rodrigo había estado donando mi pelo. Durante veinte años. ¿Por qué? ¿Y quién era Adela?
La respuesta estaba en una carta amarillenta dirigida a Rodrigo: «Mi querido hermano…». Rodrigo nunca me había contado que tuvo una hermana. Adela era siete años mayor. La diagnosticaron con cáncer a los veintinueve. En el tratamiento perdió el pelo. En una foto usaba una peluca larga y castaña. En la carta agradecía a una adolescente llamada Norma, aprendiz en una peluquería, que había reunido pelo de clientas y ayudado a hacer la peluca. Al final, Adela le pedía a su hermano: «Si algún día puedes hacer por otra persona lo que estas personas hicieron por mí, hazlo. Prométeme que no olvidarás lo que significa mirarse al espejo y volver a reconocerse». Adela