VOLVÍ A MI CASA A LAS TRES DE LA MAÑANA Y ENCONTRÉ
VOLVÍ A MI CASA A LAS TRES DE LA MAÑANA Y ENCONTRÉ
VOLVÍ A MI CASA A LAS TRES DE LA MAÑANA Y ENCONTRÉ A MI VECINO SENTADO EN LA BANQUETA CON UNA SILLA Y UN TERMO DE CAFÉ. PENSÉ QUE HABÍAN ENTRADO A ROBAR. ÉL SOLO SEÑALÓ MI PUERTA Y DIJO: “LLEVA ABIERTA CASI DOS HORAS. NO QUISE DEJARLA SOLA”. PERO A LA MAÑANA SIGUIENTE DESCUBRIMOS QUE, MIENTRAS ÉL ESTUVO AHÍ, ALGUIEN MÁS HABÍA ESTADO ESPERANDO TAMBIÉN.
La cerradura llevaba varios días fallando.
Había que jalar la puerta, girar la llave y después empujarla para comprobar que el seguro realmente hubiera entrado.
Esa noche tenía prisa.
Una amiga celebraba su cumpleaños en el centro de Querétaro y ya me había mandado tres mensajes preguntando dónde estaba.
Cerré, jalé una vez y corrí hacia el taxi.
Fue una
estupidez.
Cuando regresé, casi a las tres, vi a don Julián frente a mi casa.
Tiene unos cincuenta años y vive dos puertas másadelante con su esposa y sus hijos.
—¿Qué pasó?
—Primero revisa que tengas todo.
Sentí que se me aflojaban las piernas.
Entré.
Televisión.
Laptop.
Dinero.
Todo seguía allí.
—La encontramos abierta cuando regresamos —me explicó—. Te marqué varias veces.
Saqué el celular.
Siete llamadas perdidas.
—¿Entró?
—No. No sabía si estabas adentro ni quería meterme sin permiso.
Su esposa había esperado con él un rato, pero después llevó a los niños a dormir.
Don Julián simplemente sacó una silla y se quedó vigilando desde afuera.
Me dio una vergüenza terrible.
—Yo sabía que estaba fallando la chapa.
Me miró con esa expresión que ponen los padres cuando quieren regañarte pero recuerdan que no eres su hija.
—Mañana la arreglas.
—Mañana mismo.
Le agradecí unas veinte veces.
Antesde entrar, sin embargo, don Julián me preguntó algo extraño.
—¿Esperabas a alguien?
—No.
—¿Segura?
—Sí. ¿Por qué?
Miró hacia la esquina.
—Nada.Pensé que había visto el mismo coche pasar varias veces.
No le dimos importancia.
A la mañana siguiente llegó un cerrajero.
Mientras trabajaba, preparé una charola con enchiladas para llevársela a la familia de don Julián.
Fue entonces cuando su esposa, Verónica, salió.
—Qué bueno que ya arreglaste eso.
—Después del susto, no vuelvo a dejarlo pasar.
Nos reímos.
Don Julián estaba lavando su camioneta.
De repente dejó la manguera.
—Oye.
Se acercó a mi puerta.
—¿Eso estaba ahí anoche?
Señaló el piso.
Había una colilla de cigarro aplastada junto a una maceta.
—No sé.
—Yo no fumo.
El cerrajero tampoco le dio importancia.
—Pudo dejarla cualquiera.
Seguramente tenía razón.
Hasta que Verónica encontró otra.
Estaba junto al árbol desde donde se veía directamente mi entrada.