Mientras buscaba un arete debajo de la cama antes de casarme, escuché a mi prometido decirle a otra mujer: “En menos de un año ya no podrán hacerme nada”. Entonces entendí por qué quería casarse conmigo después de 9 años cuidándome y consolándome por la muerte de mi hermana. Salí sin decir una palabra, llamé a un abogado y llevé conmigo dos relojes idénticos… pero sólo uno se había detenido aquella noche.

Por eso, cuando le propuso matrimonio, Vero aceptó.

No sabía si aquello era amor o gratitud.

Hasta ese momento.

—La doctora jubilada sigue teniendo papeles de aquella noche —dijo Adrián—. Si alguien revisa esas fotografías con cuidado, pueden descubrir dónde estaba sentada Vero.

—Entonces hay que actuar antes.

—Por eso la boda es hoy. Necesito ganar tiempo. Después veremos cómo manejar lo demás.

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