El bolso de cuero que mi hija persiguió una noche de domingo

—Avery.

—No dije nada.

—Lo dijiste con la cara.

La Cenicienta de los domingos

Abajo, Chloe ponía la mesa con la vajilla buena de la abuela.

—La Cenicienta viene a cenar —anunció mientras doblaba una servilleta con forma de algo vagamente parecido a un cisne.

—Sé amable.

—Estoy siendo amable. Solo digo que el señor tiene horario de Cenicienta. Todos los domingos, bum, siete y media, sale como si la calabaza estuviera por explotar.

Casi lo defendí. Casi. Pero

Compró el vestido rojo. Volví a usar perfume. A veces sonreía al mirar su teléfono, como una adolescente.

Yo quería que Ricardo me cayera bien. De verdad quería.

—¿A qué hora viene? —pregunté esa tarde.

—A las cinco. Y va a tener que irse a las siete y media otra vez, así que cenemos a las seis.

Me detuve a mitad de la escalera.

—¿A las siete y media otra vez?

—Avery.

—No dije nada.

—Lo dijiste con la cara.

La Cenicienta de los domingos

Abajo, Chloe ponía la mesa con la vajilla buena de la abuela.

—La Cenicienta viene a cenar —anunció mientras doblaba una servilleta con forma de algo vagamente parecido a un cisne.

—Sé amable.

—Estoy siendo amable. Solo digo que el señor tiene horario de Cenicienta. Todos los domingos, bum, siete y media, sale como si la calabaza estuviera por explotar.

Casi lo defendí. Casi. Pero

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