«Su familia decidió marcharse. Me dijeron que Eleanor quería empezar una nueva vida y que no deseaba volver a verme. Durante años creí que ella había tomado esa decisión.»
Debajo había otra fotografía.
Esta vez era solo del bebé.
En el reverso aparecía un nombre:
Thomas.
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Thomas.
El hijo de Harold.
El hermano que mis propios hijos nunca habían sabido que tenían.
Pero todavía quedaban muchas cartas dentro de la caja.
Cogí otra.
Era mucho más antigua.
El papel
estaba amarillento y los bordes casi se deshacían entre mis dedos.
No estaba escrita por Harold.
La firma al final decía:
Eleanor.
Comencé a leer.
«Harold, si algún día recibes esta carta, quiero que sepas que nunca quise alejar a Thomas de ti.»
Se me cortó la respiración.
La carta explicaba que los padres de Eleanor habían interceptado durante años la correspondencia entre ambos. Eleanor había escrito muchas veces a Harold, pero ninguna de aquellas cartas había llegado a sus manos.
Y, según lo que estaba leyendo, las cartas que Harold había enviado tampoco habían llegado a Eleanor.
Sus familias habían decidido separarlos sin que ninguno de los dos conociera toda la verdad.
Pero había algo que todavía no entendía.
Si Harold descubrió todo aquello después, ¿por qué me lo ocultó durante más de seis décadas?
Encontré la respuesta en la siguiente página.
«Margaret, descubrí la verdad tres años después
de casarme contigo.»
Mi corazón dio un vuelco.
Tres años.
No sesenta.
Harold lo había sabido durante casi todo nuestro matrimonio.
«Para entonces, tú y yo ya teníamos a nuestro primer hijo. Eleanor estaba casada y Thomas crecía creyendo que el marido de ella era su padre. Eleanor me pidió que no destruyera la vida del niño. Me dijo que algún día, cuando Thomas fuera adulto, ella misma le contaría la verdad.»
Cerré los ojos.
De repente, aquel secreto ya no parecía tan sencillo como una mentira.
Seguí sentada en el suelo del garaje durante varios minutos, con aquella fotografía entre las manos.
Harold parecía tener unos diecinueve años. Era inconfundible: el mismo cabello oscuro, la misma forma de mirar a la cámara y aquella pequeña sonrisa que conservó incluso cuando envejeció.