PARTE 1
“Antes de que salga el sol, Valeria va a quedar como una loca… y esa casa de San Ángel será nuestra.” Mercadoinmobiliario
Escuché esa frase desde abajo de la cama matrimonial, con el vestido de novia aplastado contra el piso y el velo atorado en una tabla.
Yo, Valeria Castillo, acababa de casarme hacía menos de 3 horas con Andrés León, el hombre que durante años me hizo creer que el amor podía ser tranquilo. La boda había sido en una casona de la colonia Roma, con flores blancas, mariachi y mi suegra, doña Rebeca, llorando frente a todos como si de verdad me quisiera.
—Ya eres mi hija —me dijo al oído.
Qué fácil se le había dado mentir.
Me escondí debajo de la cama por una broma inocente. Andrés bajó al lobby diciendo que olvidó su reloj. Yo pensé que, cuando regresara, saldría de golpe, él se reiría y esa sería nuestra primera anécdota como esposos.
Pero la primera en entrar fue Rebeca.
Reconocí sus zapatillas plateadas y su perfume carísimo.
—Ya estoy arriba —dijo por teléfono—. La tonta de Valeria no sospecha nada. Seguro está en el baño quitándose ese maquillaje de novia pobre.
Una voz de mujer respondió por altavoz:
—¿Firmó todo?
Rebeca soltó una risita.
—Lo suficiente. Andrés solo necesita hacerla quedar inestable unos días. Luego le metemos miedo con un doctor, con la familia y con un supuesto episodio nervioso. Va a entregar la casa solita. Familia
La casa.
La casa de San Ángel que yo había comprado 4 meses antes de la boda. Una propiedad antigua, con bugambilias en la entrada y un patio donde imaginé domingos con café de olla, pan dulce y niños corriendo.
Andrés creía que la compramos juntos.
La verdad era otra: yo la había pagado completa.
Lo que él no sabía era que mi nombre completo no era Valeria Castillo, sino Valeria Montes Castillo. Nieta de Amalia Montes, fundadora de una constructora familiar muy conocida en la Ciudad de México. Mi abuela me enseñó que, si alguien te ama por tu apellido, no te ama a ti. Por eso vivía sencillo, trabajaba en una clínica de Coyoacán y nunca hablaba del dinero familiar.
Andrés creyó que yo estaba sola.