Mi madre me decía a menudo: «No te sientes en el regazo del abuelo». Nunca entendí por qué. Un día no le hice caso y me senté de todos modos. El abuelo sonrió, se acercó a mi oído y susurró: «¿Puedes venir a dormir a mi lado esta noche?»

Mamá se dio la vuelta, como si no quisiera que yo viera las lágrimas en sus ojos.

«Pero ¿por qué tenía que ser un secreto?», pregunté.

El abuelo se sentó.

«Porque tu madre no lo habría permitido».

Fue entonces cuando mamá finalmente me contó lo que habían estado ocultándome durante meses.

El abuelo iba a ingresar en el hospital a la mañana siguiente.

Necesitaba una operación seria del corazón.

Esa era también la razón por la que mamá me decía constantemente que no me sentara en su regazo. Unos meses antes, el abuelo también había sido operado de una pierna y los médicos le habían advertido que no debía someterse a esfuerzos innecesarios.

Miré a mamá.

«¿Por qué no me lo dijiste?»

«Porque no quería que tuvieras miedo».

El abuelo tomó mi mano.

«Y yo no quería ir al hospital antes de cumplir nuestra promesa».

«¿Qué promesa?»

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Señaló el telescopio.

Cuando tenía cinco años, una vez le había dicho al abuelo:

«Algún día quiero quedarme despierta toda la noche contigo y ver estrellas fugaces».

Yo lo había olvidado por completo.

Él no.

Aquella noche iba a producirse una rara lluvia de meteoros, y el abuelo había pasado meses reparando el viejo telescopio de la abuela para poder cumplir aquel deseo de mi infancia antes de su operación.

Alrededor de las dos de la madrugada, los tres estábamos en el porche.

Yo estaba en mi colchón.

El abuelo, en el suyo.

Mamá estaba sentada entre nosotros.

De repente, la primera estela de luz cruzó el cielo.

«¡La vi!», grité.

El abuelo se echó a reír.

Luego apareció una segunda.

Y una tercera.

En un momento dado, mamá apoyó la cabeza sobre el hombro del abuelo.

Y de repente comprendí algo en lo que ni siquiera había pensado antes aquella noche.

Mi madre no tenía miedo del abuelo.

Tenía miedo de perderlo.

A la mañana siguiente, llevaron al abuelo al hospital.

La operación duró más de cinco horas.

Pasé todo ese tiempo sentada en la sala de espera, sosteniendo en mi mano la pequeña tapa de su viejo telescopio.

Cuando finalmente salió el médico, mamá se levantó de inmediato.

El médico sonrió.

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