
Esperanza pensó que aquella casa abandonada en la sierra de Zacatecas sería solamente un refugio humilde para ella y el bebé que esperaba. Después de perder a su esposo Ramón y quedarse sin dinero para seguir pagando renta, había tomado una decisión que muchos consideraban imposible: comprar una propiedad que nadie quería por apenas tres mil pesos.
La casa estaba lejos de ser un hogar cómodo. Las paredes de adobe tenían grietas, las ventanas estaban rotas, el techo dejaba pasar el agua y el patio estaba cubierto de maleza. Cuando recibió las llaves, incluso el empleado municipal le advirtió que aquella propiedad necesitaría mucha suerte.
Pero Esperanza no tenía muchas opciones.

Con cinco meses de embarazo y sin otro lugar donde vivir, entró a la vivienda y decidió convertir aquel espacio abandonado en un nuevo comienzo. Pasó la primera noche sobre el suelo, usando su maleta como almohada, mientras intentaba imaginar cómo sería la vida de su hijo dentro de esas paredes.