—¡Vete a casa de tu familia! Y recuerda bien una cosa: de esta casa no te llevas absolutamente nada.
Adrián Keller estaba rojo de furia.
De una patada mandó mi maleta hasta la puerta.
Luego se acercó a mí con el dedo casi tocándome la nariz.
—Cuando llegaste aquí, llegaste sin nada. Si quieres irte, te irás igual: con las manos vacías.
Su voz retumbó en la sala principal.
Hasta los cristales de la lámpara del techo parecieron temblar.
Yo llevaba puesto el mismo conjunto de dormir color marfil de la noche anterior. El cabello recogido sin cuidado. La cara limpia. Ni siquiera miré la maleta tirada en el suelo.
Solo levanté la vista hacia el hombre con el que llevaba tres años casada.
—Está bien —dije.
Mi voz fue tan suave que Adrián se quedó quieto.
Creo que esperaba lágrimas.
Súplicas.