Parte 2
1. El latido
—Elena, mírame.
La voz de la doctora Rachel Morgan parecía llegar desde muy lejos.
Yo estaba acostada en una camilla de urgencias mientras ella movía el transductor sobre mi abdomen.
Durante años había sido yo quien estaba al otro lado.
La profesional.
La mujer que interpretaba monitores, tomaba decisiones y pronunciaba palabras capaces de cambiar una vida.
Ahora no podía pensar.
—¿Hay latido?
Rachel permaneció en silencio.
Sentí que se me congelaba la sangre.
—Rachel.
—Espera.
—Dime la verdad.
Sus ojos seguían clavados en la pantalla.
Yo busqué desesperadamente alguna señal que pudiera interpretar.
Entonces lo escuché.
Rápido.
Pequeño.
Perfecto.
Tum-tum-tum-tum.
Me cubrí la boca.
—Ahí está —dijo Rachel.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
—¿Está vivo?
Rachel me miró.
—Sí.
Cerré los ojos.
Había soportado operaciones interminables, pacientes que se iban pese a todos nuestros esfuerzos y familias derrumbándose en mis brazos.
Pero aquel sonido diminuto me rompió.
—Hay un pequeño hematoma —continuó Rachel—. El sangrado parece controlado, pero tienes que parar.
—Estoy bien.
Su mirada se endureció.
—No. No estás bien.
Aquella frase me golpeó.
Porque alguien finalmente la había dicho.
Rachel retiró el transductor.
—Veinticuatro horas operando, cuarenta minutos conduciendo bajo la lluvia, otra cirugía de emergencia de tres horas y media… ¿en qué estabas pensando?
No contesté.
Ella sí conocía la respuesta.
—Adrian.
Giré el rostro.
—Claire podía morir.
—No estoy cuestionando que atendieras una emergencia. Estoy cuestionando que nadie protegiera a una médica que llevaba un día entero trabajando.
Me quedé callada.
Rachel suspiró.
—Necesitas reposo. Y necesito preguntarte algo: ¿Adrian sabía del embarazo?
—No.
—¿Ibas a decírselo?
Pensé en el pastel.
—Esta noche.
Rachel cerró los ojos un instante.
—Dios, Elena.
Mi teléfono volvió a vibrar.
ADRIAN.
Cuarenta y tres llamadas perdidas.
Lo puse boca abajo.
—¿No
vas a contestar?
—No.
—¿Sabe dónde estás?
—Espero que no.
Rachel acercó una silla.
—Puedes quedarte conmigo.
La miré.
—No quiero involucrarte.
—Llevamos doce años siendo amigas. Llegas sangrando a mi hospital y me dices que no quieres involucrarme.
Por primera vez aquella noche sonreí.
—Eres insoportable.
—Y tú eres una pésima paciente.
Me apretó la mano.
—Duerme.
Eso hice.
Mientras tanto, Adrian llegaba a nuestra casa.
2. «Hola, papá»
Más tarde supe exactamente lo que ocurrió porque él mismo me lo contó.