Daniel miró la pantalla de su teléfono.
Rechazó la primera llamada.
La segunda llegó antes de que pudiera guardar el aparato.
A la tercera, contestó.
—¿Qué pasa?
No escuché la respuesta, pero vi cómo sus dedos se cerraban alrededor del teléfono.
—Eso es imposible —murmuró—. Vuelve a intentarlo.
Sofía dejó de sujetarse la muñeca.
Por primera vez aquella noche, parecía haberse olvidado de que le dolía.
La voz de mi tío seguía al otro lado de mi línea.
—Elena, hemos bloqueado sus autorizaciones sobre las cuentas del grupo. Las cuentas personales quedan fuera de nuestro control, pero ya no puede mover un céntimo de la empresa.
—¿Y el hospital?
—La fundación garantiza el tratamiento de tu madre. Estoy hablando con la dirección.
Cerré los ojos un instante.
Hasta entonces no había notado que me temblaban las piernas.
Daniel colgó y avanzó hacia mí.
—¿Qué demonios has hecho?
Retrocedí un paso,
quedándome junto al mostrador de enfermería.
—Pedir que dejaras de usar mi dinero para amenazarme.
Él soltó una risa breve.
Luego miró mi teléfono.
Ya no se reía.
—¿Tu dinero?
—El capital que rescató tu empresa hace seis años vino del Fondo Montgomery.
Vi cómo reconocía el nombre.
Lo había pronunciado muchas veces durante nuestras cenas, siempre con reverencia. Su inversor principal. Su respaldo. La razón por la que los bancos todavía atendían sus llamadas.
Nunca había preguntado por qué aquel fondo compartía el apellido de mi madre.
—Charles Montgomery administra el patrimonio de mi abuelo —continué—. Desde que cumplí veinticinco años, yo soy su beneficiaria y accionista mayoritaria del grupo que compró tus deudas.
Daniel me observó como si buscara alguna grieta en mi rostro.
—Tú no sabes nada de negocios.
—Por eso contraté a personas que sí saben.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez leyó el mensaje
sin contestar.
—Me han suspendido como director.
No era una pregunta.
—Después de lo que acabas de hacer, pedí al consejo que te apartara mientras revisan las cuentas.
Sofía se acercó a él.
—Daniel, vámonos. Está intentando asustarte.
Pero él no se movió.
Me miraba la ropa, el bolso gastado, los zapatos mojados por la nieve. Los mismos detalles que durante años le habían servido para decidir cuánto valía yo.