La última vez que había vestido de blanco, mi vida había quedado destruida antes de que saliera el sol.
Samuel notó mi miedo y apretó suavemente mis dedos.
—Esta vez no estás sola —susurró.
Antes de que el oficiante pudiera comenzar, Samuel dio un paso al frente y se volvió hacia los invitados.
—Hay algo que todos deben escuchar antes de que me case con Clara —dijo.
La sala quedó completamente en silencio.
Mis padres estaban sentados cerca de la
última fila. Habían aceptado la invitación de mala gana, aunque mi padre apenas me había dirigido la palabra desde su llegada.
Samuel sostenía la vieja carta en una mano.
—Hace muchos años, Clara fue juzgada por algo que jamás fue culpa suya —dijo—. La gente la llamó mentirosa y deshonrada, aunque solo era una niña que necesitaba protección.
Un murmullo recorrió la sala.