Lucía Ferrer llegó a su casa después de nueve meses de misión con una sola idea en mente: recuperar la vida cotidiana que había dejado atrás.
Pero al abrir la puerta de la cochera encontró algo que no esperaba ver.
Advertisement
Sus pertenencias estaban dentro de bolsas negras, apiladas como si alguien hubiera decidido que ya no pertenecían allí.
Image
Entre la ropa encontró sus botas de campaña con polvo rojizo todavía atrapado en las costuras, fotografías, camisetas de entrenamiento y la manta que su abuelo Julián le había regalado cuando comenzó su carrera militar.
No era solo ropa guardada.
Era una parte de su historia convertida en cajas y bolsas.
Advertisement
Lucía acababa de regresar a Zaragoza después de haber estado destinada durante nueve meses en Líbano cuando escuchó la voz de su madre desde la entrada que conectaba con la casa.