Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

Me daba náuseas abrazar a mi esposa enferma… hasta que nuestro viejo perro hizo algo que me destrozó por dentro.

Me llamo Andrés y durante meses todos pensaron que yo era un hombre ejemplar.

La verdad era mucho más difícil de admitir.

Aquella noche, Mariana me miró desde la cama y dio unas palmaditas en el espacio vacío junto a ella.

—¿Puedes acostarte conmigo un rato? —susurró—. Quiero que me abraces como antes.

Sentí que el estómago se me cerraba.

No porque hubiera dejado de quererla.

La quería más que a cualquier otra persona en el mundo.

Pero el cáncer llevaba casi dos años consumiendo su cuerpo, y había cosas de aquella enfermedad que nadie nos había explicado.

El olor era una de ellas.

No era solo el aroma de los medicamentos, las cremas o las sábanas recién cambiadas.

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