Aquel día cumplía sesenta y dos años.
Me desperté temprano y lo primero que hice fue mirar el móvil, esperando encontrar mensajes de mis hijos, de algún familiar o, al menos, de mis viejos amigos.
Pero no había ninguna notificación.
Pasó una hora y después otra. Llegó la hora de comer y nadie se había acordado todavía de mi cumpleaños.
Mi hija estaba ocupada con su propia familia, mi hijo vivía en otra ciudad y, desde la muerte de mi marido, prácticamente había perdido el contacto con mis amistades.
Estaba sentada sola en la cocina, frente a una pequeña tarta que me había comprado el día anterior, cuando de repente comprendí que no quería pasar todo el día encerrada en casa.
Me puse mi vestido verde favorito, me arreglé el pelo, saqué unos pendientes que llevaban años guardados en mi joyero y salí hacia el centro de la ciudad.