Mi hijo de seis años me empujó por las escaleras y, cuando abrí los ojos después del golpe, descubrí dos cosas que me destrozaron la vida: podía ver otra vez… y aquel niño probablemente nunca había sido mío.
Durante siete años viví en completa oscuridad.
Rodé por seis escalones de mármol de nuestra casa en Lomas de Chapultepec y terminé golpeándome la cabeza contra el piso. Sentí un dolor feroz, luego un destello blanco.
Parpadeé.
Vi el candelabro.
Vi mis manos temblando.
Vi una mancha de sangre en mi manga.
Y casi grité.
—Puedo ver…
Pero antes de llamar a mi esposo levanté la mirada hacia una fotografía familiar colgada junto a la escalera.
Ahí estaba Mauricio Alcázar, mi esposo.
A su lado, Valeria, la viuda de su hermano mayor, que supuestamente vivía con nosotros desde hacía años para ayudarme por mi ceguera.