Mi cuñada volvió a mirar la cuenta y luego me miró a mí, como si todavía esperara que yo aclarara que todo era una broma.
No lo hice.
Durante meses había ocurrido lo mismo.
Primero fue una cena familiar sencilla.
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Después otra.
Luego un cumpleaños.
Más tarde una celebración que alguien había propuesto en un restaurante mucho más caro de lo que yo habría elegido por mi cuenta.
Yo llegaba pensando que cada adulto pagaría lo suyo.
Y casi siempre terminaba pagando yo.
Al principio no dije nada.
Pensé que quizá había sido una coincidencia.
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Pensé que alguno de ellos atravesaba un mal momento.
Pensé que, como yo tenía un trabajo estable, podía cubrir una comida ocasional sin convertir cada reunión familiar en una discusión sobre dinero.
Pero una excepción se convirtió en costumbre.