Nunca me casé ni bailé con otro hombre después de que mi novio del instituto desapareciera la noche del baile de graduación en 1985; la semana pasada, una niña pequeña me entregó el boutonnière que él llevaba aquella noche.

***

La noche del baile de graduación llegó con una temperatura tan agradable que nadie necesitaba chaqueta.

Mi madre lloraba mientras me recogía el pelo. Mi padre fingía no estar emocionado, hasta que por error llamó «hijo» a Michael.

Michael llegó con exactamente nueve minutos de retraso.

Abrí la puerta principal con las manos en jarras.

Tenía cara de culpable. «Puedo explicarlo».

«Te has detenido a ayudar a alguien».

«Se había escapado el perro de los Cooper».

Me quedé mirándolo fijamente. «¿Has perseguido a un golden retriever en esmoquin?»

«Durante casi quince minutos».

Negué con la cabeza. «No sé si besarte o gritarte».

Sonrió. «Espero que lo primero».

Me reí antes de poder evitarlo.

Mi madre susurró desde la cocina…

Tenía intención de hacerlo.

***

El gimnasio parecía mágico.

Miles de lucecitas se reflejaban en las serpentinas plateadas que colgaban del techo. Alguien había transformado nuestra cancha de baloncesto habitual en algo que parecía sacado de una película clásica.

Michael me hizo dar una vuelta mientras bailábamos nuestra primera pieza.

—¿Sabes…?

—Creo que vamos vestidos de forma demasiado sencilla.

Bajé la vista hacia mi vestido. —Literalmente llevamos ropa de etiqueta.

Él señaló con la cabeza la decoración. —Los globos parecen caros.

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