El director de la prisión, Ricardo Mendoza, observó la pantalla sin pronunciar una sola palabra.
Había trabajado durante veintisiete años en el sistema penitenciario.
Creía haberlo visto todo.
Pero las imágenes que aparecían frente a él hicieron que sus manos comenzaran a temblar.
—Retroceda la grabación —ordenó.
El encargado de seguridad obedeció.
En la pantalla apareció el corredor de aislamiento, exactamente cuatro meses antes.
Eran las 2:17 de la madrugada.
Un guardia caminaba hacia la celda número 9.
No llevaba comida.
No transportaba medicamentos.
Simplemente se detuvo frente a la puerta, miró hacia ambos lados y utilizó una tarjeta de acceso.
La cerradura se abrió.
El hombre entró.
Y permaneció dentro durante cuarenta y tres minutos.
Ricardo sintió que la sangre se le helaba.
—¿Quién es ese guardia?
El supervisor consultó los registros.
—Sergio Valdés, señor. Fue trasladado hace tres semanas.