DE NIÑA ESTABA CONVENCIDA DE QUE EN CASA DE MI ABUELA HABÍA UNA MAGIA ESPECIAL… Y NO TENÍA NADA QUE VER CON LA CASA
Podíamos aparecer cualquier domingo después de comer, una tarde de verano o simplemente porque nos pillaba cerca. Nadie llamaba antes para preguntar si les venía bien que fuéramos.
Abríamos aquella puerta tan conocida y enseguida escuchábamos la voz de mi abuela desde el fondo de la casa: «¡Ay, mis niños! ¡Qué alegría que hayáis venido! ¡Venid aquí, que os vea!».
Salía a recibirnos como si llevara un año sin vernos, aunque a veces habíamos estado allí el domingo anterior. Nos abrazaba, nos daba un beso y empezaba a preguntar cómo estábamos. Y no tardaba ni un minuto en hacer la pregunta de siempre: «¿Habéis comido?».
«Abuela, si acabamos de comer». Pero daba igual. «Bueno, pues algo picaréis».