Y yo siempre encontraba la forma de convertirla en una excusa.
Mi madre cerró la carpeta.
—No voy a decirte qué debes hacer. Pero antes de regresar con él, si alguna vez consideras hacerlo, necesitas saber exactamente con quién te casaste.
Miré a Sophie dormida entre mis brazos.
—No voy a regresar.
Aquella fue la primera vez que lo dije en voz alta.
Y algo dentro de mí se acomodó.
El apartamento que mis padres habían conservado para mí estaba en Kensington.
No era una propiedad nueva.
Había vivido allí durante mis años de universidad y la mayor parte de la decoración seguía siendo exactamente como la recordaba.
La biblioteca blanca.
El piano que nunca aprendí a tocar correctamente.
Las ventanas altas desde las que podía ver los tejados mojados.
Pero ahora había una habitación infantil decorada en tonos crema y verde.
Sophie entró corriendo y se quedó mirando una pequeña cama cubierta de estrellas.
—¿Es mía?
Me arrodillé a su lado.
—Sí, cariño.
—¿Papá viene?
La pregunta me atravesó.
Sonreí.
—Papá está trabajando muy lejos.
Era la verdad más amable que pude ofrecerle.
Sophie aceptó la respuesta con la facilidad de los niños y empezó a revisar los juguetes.
Yo salí al pasillo.
Mi madre estaba esperándome.
—Voy a pedir el divorcio.
—Bien.
No hubo sorpresa.
—Y quiero la custodia principal de Sophie.
—También bien.
—Adrian va a luchar.
Mi madre sonrió apenas.
—Entonces deberá aprender una cosa que tú olvidaste durante tres años.
—¿Cuál?
—Que los Bennett también sabemos luchar.
Al día siguiente recuperé mi antiguo número profesional.
No había desaparecido por completo durante mi matrimonio.
Legalmente seguía siendo accionista minoritaria de Bennett & Rowe, la firma de inversión y estrategia que mi padre había fundado treinta años atrás.
Antes de casarme, yo había trabajado en la división europea.
Era buena.
Muy buena.
Durante mis últimos doce meses allí había participado en dos adquisiciones que aparecieron en la prensa financiera.
Luego conocí a Adrian.
Él no me pidió explícitamente que renunciara.
Fue más sutil.
—¿De verdad quieres vivir entre aeropuertos cuando tengamos hijos?
—Mi empresa puede mantenernos a los dos.
—No tienes nada que demostrar.
—Me encanta llegar a casa y encontrarte.
Una frase aquí.
Otra allí.