Deslizó otra carpeta hacia mí.
—Por eso tenemos esto.
Dentro había registros de los viajes de Adrian durante los últimos dos años.
En once ocasiones había dicho que viajaba por negocios.
En ocho, Vanessa había viajado a la misma ciudad.
Nueva York.
Tokio.
Singapur.
París.
Dubái.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Legalmente.
Mi padre no añadió nada.
Seguí leyendo.
Hoteles.
Reservas.
Fotografías.
No había ninguna imagen explícita.
No era necesario.
En París habían compartido una suite.
En Tokio, Vanessa había usado una tarjeta corporativa de Adrian para comprar un bolso de casi nueve mil dólares.
Mientras yo estaba en casa con Sophie.
Recordé aquella semana.
Adrian me había llamado desde Tokio.
“Te extraño.”
Yo había sonreído como una idiota.
—Voy a vomitar.
Mi padre cerró la carpeta.
—No necesitas verlo todo hoy.
—Sí.
La abrí nuevamente.
—Necesito dejar de protegerme de la verdad.
Dos semanas después regresé oficialmente a Bennett & Rowe.
No como “la hija del fundador”.
Mi padre quiso ofrecerme un cargo ejecutivo.
Lo rechacé.
—Quiero ganar mi puesto.
—Ya lo habías ganado antes de irte.
—Entonces quiero demostrar que todavía puedo hacerlo.
Me asignaron un proyecto complicado: la adquisición de una empresa británica de tecnología médica que llevaba meses resistiéndose a nuestros competidores.
Trabajé catorce horas diarias.
Sophie cenaba conmigo cada noche.
Después de dormirla, volvía al ordenador.
Estaba cansada.
Pero era un cansancio completamente distinto.
Durante mi matrimonio me agotaba intentar ser suficiente para alguien que siempre encontraba una razón para mirar hacia otra parte.
Ahora me agotaba construyendo algo mío.
Seis semanas después cerramos el acuerdo.
La prensa financiera mencionó mi regreso.
Un periódico publicó:
“Clara Bennett vuelve a Londres con una operación de £280 millones.”
Dos horas después recibí un correo de Adrian.
“Así que esto era lo que querías.”
Me quedé mirando la pantalla.
No contesté.
Llegó otro.
“Volver a jugar a ser la heredera perfecta.”
Borré ambos.
Aquel silencio lo enfureció más que cualquier discusión.
Vanessa me llamó tres días después.
Había conseguido mi número.
—Clara.
Reconocí su voz inmediatamente.
—¿Qué quieres?
—Hablar.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Adrian está destrozado.
Casi me reí.
—Entonces ve a consolarlo. Parece que tienes experiencia.