Silencio.
—No es lo que piensas.
—Nunca lo es.
—Adrian y yo nos conocemos desde antes que tú.
—Eso sí lo sé.
—Éramos muy cercanos.
—También lo sé.
—Estuvimos juntos.
No respondí.
Mi mano se quedó quieta sobre el escritorio.
—¿Cuándo?
Vanessa respiró.
—Antes de que te conociera.
—¿Y después?
—No.
La mentira fue demasiado rápida.
—Tengo las reservas de hotel.
Silencio.
—No sabes lo que significan.
—Suite en París. Cuatro noches. Una cama.
—Adrian estaba pasando por un momento difícil.
Cerré los ojos.
Era increíble.
Incluso su amante utilizaba el mismo lenguaje que él.
Siempre existía una explicación.
—¿Por eso te pagó el apartamento?
—Me debía dinero.
—¿Por eso pagó tus gastos médicos?
Esta vez Vanessa tardó más en contestar.
—¿Quién te habló de eso?
—Entonces es verdad.
—Clara…
—Estuviste embarazada.
Escuché su respiración.
—Sí.
—¿Era suyo?
Largo silencio.
—Sí.
Sentí un dolor antiguo abrirse en algún lugar de mi pecho.
No porque todavía quisiera a Adrian.
Sino porque finalmente comprendí el tamaño de la mentira.
—¿Él lo sabía?
—Sí.
—¿Cuándo perdiste al bebé?
—Tres meses antes de que ustedes se comprometieran.
Me apoyé contra la silla.
—Entonces ¿por qué continuó manteniéndote durante cuatro años?
—Porque me lo prometió.
—¿Qué te prometió?
Vanessa comenzó a llorar.
Pero ya había escuchado suficientes lágrimas utilizadas como armas.
—Vanessa.
—Prometió que siempre cuidaría de mí.
—¿Incluso después de casarse conmigo?
—Sí.
—¿Incluso mientras yo estaba embarazada de Sophie?
No contestó.
—Gracias.
—Clara, espera.
—¿Por qué me estás contando esto ahora?
Su voz cambió.