Era mi hija. Quería creerlo con todo mi corazón, pero necesitaba una respuesta definitiva.
Cuando llegaron los resultados, abrí el sobre con las manos sudorosas.
Leí la primera línea.
Después la leí otra vez.
La prueba confirmaba que yo era el padre biológico de la niña.
Sentí que las piernas me fallaban.
Naomi tenía razón.
Nunca me había traicionado.
Yo había permitido que mis prejuicios, mis inseguridades y mi ignorancia me hicieran dudar de la mujer que más me amaba.
Me senté junto a ella y rompí a llorar.
—Lo siento —susurré—. No debí dudar de ti. No debí mirarte y pensar lo peor. Te hice daño cuando más necesitabas que estuviera a tu lado.
Naomi me miró durante un largo momento. Estaba herida, y tenía todo el derecho a estarlo.
—No sabes cuánto me dolió verte dudar de mí —dijo—. Acababa de dar a luz a nuestra hija y lo único que necesitaba era que me abrazaras. Que me dijeras que todo estaría bien.