El sheriff miró los nombres grabados en la pared.
—Se trataba de demostrar que la identidad de una persona podía borrarse y reconstruirse.
Se escuchó un ruido en el pasillo.
Alguien estaba allí.
Una mujer de unos treinta años se acercó lentamente.
Llevaba un abrigo gris.
En su muñeca había una pulsera de plata con cuentas azules y una estrella torcida.
La joven la reconoció inmediatamente.
Pronunció su nombre de la infancia.
La desconocida se quedó paralizada.
Nadie la había llamado así en dieciocho años.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Ese no es mi nombre.
—Sí lo es —susurró la joven—. Lo era. Nos sentábamos juntas en la clase de ciencias.
La desconocida comenzó a temblar.
—No recuerdo.
La joven sacó una vieja fotografía de la carpeta.
La desconocida la miró fijamente.
Entonces algo cambió en su expresión.
Un recuerdo.