PARTE 1
—Tu esposa venderá el departamento, te dará cada peso y después la dejaremos con las deudas.
Mariana alcanzó a escuchar aquella frase justo después de ver a su esposo besar a Claudia, su mejor amiga, en la entrada de una casa de descanso en Ajijic.
Había llegado desde Guadalajara un día antes para organizarle una fiesta sorpresa por sus cuarenta años. Llevaba un pastel de tres leches, fotografías de cuando estudiaban juntas y una caja con las empanadas que Claudia adoraba. Cuando vio bajar a Andrés del automóvil de Claudia, pensó que quizá él también quería ayudar. Pero el beso que se dieron no tuvo nada de amistoso.
Mariana apenas logró esconderse en una pequeña bodega junto a la cocina antes de que entraran. A través de una rendija los escuchó hablar.
—Ella confía en mí —dijo Claudia—. Pero Mariana revisa todo. Es contadora, no va a firmar sin leer.
—Por eso usaremos a Emiliano —respondió Andrés—. Ya le enseñé fotos de casas con jardín. Quiere un cuarto grande y un perro. Si el niño insiste, ella cederá.
Mariana sintió que el aire desaparecía. Emiliano tenía diez años y no era hijo biológico de Andrés, aunque durante ocho años lo había llamado papá. Ahora comprendía por qué él llevaba semanas prometiéndole una casa en Zapopan con cancha de básquetbol.
El departamento estaba en la Colonia Americana. Su madre se lo había regalado antes de la boda y Mariana lo rentaba para ahorrar para la universidad de su hijo.
—¿Y el supuesto contrato del hotel? —preguntó Claudia.
Andrés soltó una risa seca.
—No existe. La empresa está hundida. Le debo dinero a proveedores y a Héctor Valdés. Con la venta pagamos una parte, movemos el resto por la empresa de Fernanda y luego dejamos quebrar la constructora.
—Me dijiste que después te irías conmigo.
—Primero hay que conseguir el dinero.
Claudia bajó la voz.
—¿Qué hiciste con la copia de su identificación y la firma que te conseguí?
—Fernanda preparó una garantía. El crédito ya fue entregado.
—Mariana nunca firmó eso.
—Cuando venda el departamento, pagaremos y nadie preguntará.
Mariana activó la grabadora de su teléfono. Entonces escuchó lo peor: Andrés ya había obtenido dos millones y medio de pesos usando una firma falsa, y llevaba dos meses sin pagar. La venta no era el inicio del fraude, sino la forma de ocultarlo.