—¿Y a ti sí te puede dejar de importar?
Aquella pregunta dolió más que el anillo.
Esa noche Ricardo intentó explicarse con su hijo. Minutos después Mateo salió furioso.
—Dice que tú estás destruyendo la familia por celos.
—Yo no dije eso —protestó Ricardo.
—Dijiste que mamá te llevó a juicio y que por eso todo se va a acabar.
Lucía lo miró fijo.
—No vuelvas a usarlo para defenderte.
Mateo golpeó la pared con la palma.
—¡Ya dejen de hablar de mí como si yo no estuviera!
Luego miró a su padre.
—¿Tienes otra mujer, sí o no?
Ricardo bajó la vista.
—Tu mamá y yo teníamos problemas.
—Eso no responde.
Ricardo calló.
Días después, Sergio, antiguo compañero de trabajo, llamó a Lucía. Confesó que varias “juntas” y “viajes” habían sido inventados para cubrir a Ricardo. Incluso el supuesto viaje a Querétaro durante una fiebre de Mateo nunca existió.
La infidelidad ya no parecía una aventura. Había necesitado excusas, cómplices y una historia diferente para cada persona.
Semanas después llegaron los reportes bancarios.
Daniel puso las hojas frente a Lucía.
—Aquí está el enganche.
El fondo común se cerró un día antes de que Paola formalizara su hipoteca. Los $480,000 pasaron a una cuenta de Ricardo y, al día siguiente, una cantidad casi idéntica terminó vinculada a la operación del departamento.
Había más: pagos de cocina, remodelación, electrodomésticos y mensualidades.
Lucía recorrió las fechas.
En marzo, Ricardo dijo que una laptop para Mateo era “un lujo”. Dos días después transfirió $70,000 para el otro departamento.
En mayo rechazó un curso de inglés porque “había que ahorrar”. Esa semana adelantó pagos hipotecarios.
En julio canceló las vacaciones familiares y compró electrodomésticos para Paola.
—No quiero pelear por cada peso —dijo Lucía.
—Ni lo haremos. Sólo por lo que pueda probarse.
Esa tarde Paola llamó.
—Ricardo quiere que firme un contrato de préstamo con fecha anterior. Dice que así puede justificar todo.
—¿Existió ese préstamo?
—Nunca.
Al fondo se escuchó a Ricardo exigirle el teléfono. La llamada se cortó.
Paola marcó de nuevo veinte minutos después.
—Se fue. Me negué. También le devolví el anillo.
—¿Terminaron?
—Me dijo que, si no lo ayudaba, pagaría sola la hipoteca. Ahí entendí cuánto valía su amor.