Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

PARTE 1

—No escapé de nuestra boda, Mateo… me secuestraron.

Lucía apenas pudo pronunciar aquellas palabras antes de volver a cerrar los ojos.

Yo llevaba tres días convencido de que me había abandonado frente al altar.

Tres días soportando las miradas de todo San Bartolo del Bosque, un pueblo pequeño de la Sierra Norte de Puebla donde un secreto dura menos que una taza de café caliente. Tres días escuchando que mi prometida seguramente tenía otro hombre, que se había arrepentido, que yo había sido un ingenuo por confiar en una muchacha “demasiado callada”.

Y entonces la encontré.

Había tomado un sendero entre los pinos para regresar más rápido al aserradero cuando vi un pedazo de tela blanca entre las hojas húmedas.

Era el encaje de su vestido de novia.

Lucía estaba debajo de un pino, cubierta de lodo, con un solo zapato, los labios partidos y la piel helada. Tenía moretones oscuros alrededor de las muñecas y marcas de cuerda en los tobillos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

La cargué hasta mi casa sin detenerme.

Mi madre, Carmen, soltó la canasta de manzanas cuando nos vio entrar.

—¿Qué hiciste, Mateo?

—Yo nada. Alguien le hizo esto a ella.

Doña Jacinta, una mujer que durante décadas había atendido partos, heridas y enfermedades en el pueblo, llegó poco después.

Me hizo salir del cuarto mientras revisaba a Lucía.

Cuando regresó a la cocina, tenía el rostro serio.

—La muchacha estuvo amarrada —dijo—. Tiene deshidratación, golpes y probablemente pasó días sin comer. Quien la tuvo encerrada no quería que llegara a esa boda.

—¿Quién?

Jacinta me sostuvo la mirada.

—Esa es la pregunta equivocada. Pregúntate quién perdía algo si ustedes se casaban.

Aquella frase no me dejó dormir.

Mi madre tampoco estaba tranquila.

—La gente va a hablar —murmuró—. Van a decir que la metiste aquí después de que te dejó plantado.

—Ya hablaron sin saber nada.

—¿Y tú sí sabes?

Miré hacia el cuarto donde Lucía respiraba con dificultad.

—Sé que una mujer que huye por voluntad propia no termina amarrada en un bosque.

Al cuarto día llegó el padre Esteban.

No venía a juzgarnos.

Venía a advertirme.

—Mateo, casi todos los rumores sobre Lucía están saliendo del mismo lugar.

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