Melissa llegó a la casita justo cuando yo sacaba la bolsa.
“Dámela”, dijo.
Parecía que le faltaba el aliento. Se había puesto pálida como un lienzo.
Salté del banco y apreté la bolsa contra el pecho.
“No te acerques a mí”.
“No lo entiendes”.
“Pues explícalo”.
Dio un paso hacia delante.
Yo di un paso atrás.
A través de la ventana de la cocina, vi a Ethan mirándonos. Tenía la carita pegada al cristal.
“¡Entra en casa, Ethan!”, grité.
Desapareció de mi vista.
Melissa miró hacia la casa.
“Por favor”, susurró. “No debería ver esto”.
Esa frase me asustó