Daniel dejó de respirar durante un instante.
No era una estimación.
No era una advertencia.
Era dinero real.
El sistema acababa de dividir aquella cantidad en 63 transferencias diferentes hacia cuentas abiertas en Portugal, Malta, Luxemburgo y otros destinos que Daniel ni siquiera alcanzó a leer.
Un contador comenzó a descender.
00:03:56.
“¿Qué demonios es eso?”, preguntó Alejandro.
Nadie respondió.
Daniel golpeó varias teclas.
Nada.
Intentó abrir el panel administrativo.
ACCESO DENEGADO.
Volvió a intentarlo.
ACCESO DENEGADO.
“Señor Mendoza…”
La voz del muchacho temblaba.
“Creo que acabamos de activar algo.”
Alejandro avanzó hacia las pantallas.
“Deténgalo.”
Daniel lo miró.
Por primera vez desde que trabajaba allí, no vio al presidente del grupo empresarial.
Vio a un hombre que acababa de comprender que había cometido un error.
“No sé cómo.”
Aquellas 3 palabras cambiaron el aire de la sala.
Javier apareció detrás de ellos.
“Desconectemos la red exterior.”
Daniel negó inmediatamente con la cabeza.
“Si hacemos eso podemos perder el control de todas las filiales.”
“Pues haz algo.”
“Estoy intentando…”
“¡Hazlo!”
Daniel se giró.
“¡Usted fue quien recomendó reiniciar!”
Silencio.
Javier se quedó inmóvil.
Alejandro levantó lentamente la mirada.
“¿Qué has dicho?”
Daniel tragó saliva.
“Esta mañana Lucía me dijo que no reiniciara el servidor. Después me mandó buscar su cuaderno. Allí había escrito exactamente lo que acaba de ocurrir.”
Alejandro frunció el ceño.
“¿Dónde está ese cuaderno?”
Daniel señaló a Javier.
“Se lo di a él.”
Todos miraron al mismo hombre.
Javier tardó apenas medio segundo en responder.
Pero medio segundo, en una sala llena de personas asustadas, puede resultar larguísimo.
“Yo no recibí ningún cuaderno.”
Daniel abrió mucho los ojos.
“¿Cómo que no?”
“Estás confundido.”
“Me lo quitó de las manos en el pasillo.”
“Daniel.”
Javier bajó la voz.
“Estás nervioso.”
El contador continuaba descendiendo.
00:02:41.
Alejandro se acercó a Javier.
“¿Recibiste ese cuaderno?”
“No.”
“¿Seguro?”
“Por supuesto.”
Alejandro no insistió.
Todavía no.
Sacó su teléfono.
“Llamad a Lucía.”
Uno de los técnicos lo intentó.
Nada.
Otro marcó desde una línea interna.
Tampoco.
Daniel encontró su contacto y llamó desde su móvil personal.
El teléfono sonó 4 veces.
“Vamos, Lucía…”
Entonces respondió una voz infantil.
“¿Sí?”
Daniel se quedó desconcertado.
“¿Sofía?”
“Sí.”
“Soy Daniel, trabajo con tu madre. ¿Está ella?”
Hubo un pequeño silencio.
“Mamá está durmiendo.”